En la esquina de Videla y Fuyimori pusieron uno de esos boliches donde se tortura. Por un precio módico se puede disponer de un servicio de apremios y dolores atroces, inimaginables. Parece ser que alguna vez funcionó allí una casa de electrodomésticos. Porque antes, cuenta mi bisabuelo, pero mucho antes, las casas no venían con electrodomésticos. Se compraban por separado. El que podía. El que no, se arreglaba, o se embromaba, allá él. Eso dice mi bisabuelo, desde el mas allá. Tampoco estaba bien visto esto de hablar con los muertos. A veces me pregunto de qué sirve, ahora que mis antepasados se reúnen dos veces por año a discrepar alegremente y ocupan todas las pantallas de la casa y lo único que dicen son estupideces encimadas que nadie entiende ni atiende.
Antes, dice mi bisabuelo, era distinto.
Cuando en la esquina de Videla y Fuyimori estaba la casa de elctrodomésticos, todavía rodaban los ferrocarriles y ahí mismo, frente a la vieja (re-vieja) casa de electrodomésticos funcionaba la vieja terminal del Once, así dice mi bisabuelo que se llamaba, o al menos eso se le llega a entender. Después vino el tiempo, que pasó por encima de todo, y después el tiempo dejó de existir porque en realidad no había existido nunca y desde entonces el Estado Mayor empezó a controlar las señales que ordenan nuestra vida.
No puedo imaginar una vida sin Estado. Tampoco puedo imaginar una vida. La vida no está para ser imaginada. Está para ser vivida, y/o fallecida. Fué lo primero que me enseñaron en la escuela. Y esto otro: "lo importante no es que aprendas. Lo importante es que te enseñen".
Según mi bisabuelo no.
Cuenta mi bisabuelo que hubo un tiempo en que el mundo se dividía en países y los países en provincias y las provincias en municipios y los municipios en barrios y yo qué sé cuántas porciones más. Incluso había gentes de colores distintos (cómo sería eso?) y en los gobiernos había personas, seres humanos, aunque hacían todo lo posible por demostrar lo contrario. Algunos, cuenta mi bisabuelo, eran despiadados, y tarde o temprano terminaban estampados en algún billete o dándole nombre a alguna avenida. Cosas de mi bisabuelo, o de su memoria, que a nadie le interesa desmentir porque ni siquiera a mentira suenan, mas bien a invención pura. Por eso digo: de qué sirve que los muertos hablen? No sería mejor que una vez finados y oficialmente dados de baja se los silenciara para siempre? La densidad atmosférica disminuiría considerablemente y las interferencias, ni que hablar...